y unos brazos montañeros
arracaron a la selva
mi temprano nacimiento;
el Ruiz fue dócil testigo
de mis primeros arrestos
y fue, para mi bautizo,
su blanco picacho un templo.
Conocí el ascenso manso
de los bueyes a los cerros,
hicieron dulces mis noches
las coplas de los arrieros
y altiva vibró mi alma,
ante las lenguas del fuego,
como las cuerdas festivas
de los tiples antioqueños.
Maestro Luis Carlos Gonzalez.
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